La sopa, la pechuga y la hamburguesa ya estaban frías cuando llegó de clase. Dejó la mochila en su cuarto, encima de su cama y pensó que hoy era mejor no haber salido de la cama. Se fue hacia la cocina y preparó la papilla para darle de comer al polluelo. Empezó a darle de comer y los movimientos que hacía el agaporni le produjo una sonrisa, una sonrisa que al poco tiempo se le borraría de la cara… cuando terminó de darle de comer pensó en su comida aunque no tuviera mucha hambre, tenía que comer, así que se calentó la sopa a regañadientes y sin quejarse, cogió la bandeja roja con dibujos varios sobre la cual puso el cuenco con la sopa, el segundo plato y su vasito de agua. Le vino a la mente sin saber por qué el título de una canción: “Nada crece si no come.”
Sólo quería un rato de paz, comer tranquilo pero como de costumbre, no fue así. Cuando llegó al salón, se encontró con la misma situación que siempre: Su abuelo sentado en el sillón (éste hombre a cada día que pasa me asombro más con él, parece una estatua, no se mueve a no ser que sea para satisfacer sus necesidades fisiológicas.), su abuela aún no se encontraba ahí -luego se sentó al lado de su marido en el sillón contiguo-, su hermana haciendo una especie de caseta con una caja de cartón sobre el mueble -si de la imaginación viviesen las personas y ésta fuera el indicador de éxito, los niños serían los que estarían en la cúspide de esa piramide- y sus padres no se encontraban en el salón.
Cogió la cuchara y empezó tomandose la sopa cuando terminó, siguió con el segundo plato: pechuga y hamburguesas frías -que quieres que te diga, pasó de calentarse ese plato- cuando llevaba dos bocados de pechuga, dejó el plato sobre la bandeja, se levantó, recogió lo que ensució y antes de recogerlo, iba a pegarle un golpe a la mesa, pero antes de pegarselo, pensó, pensó y volvió a pensar si valía la pena.
No, no valía la pena, por eso se fue a un sitio más tranquilo, pensó -como no- en irse al Llano de la Perdiz, pero antes tenía que sacar a los perros.
En un momento dado su hermana cogió la mochila mientras que la abuela entraba al salón, la chiquilla le dijo a la señora: “Ten cuidado” y mi abuela que no se percató del comentario de mi hermana, se sentó en el sillón y mi hermana le dijo: “Has pisado el pipi, ahora tienes que limpiarlo.” Mi abuela le contestó: “límpialo tú que lo has visto primero”.
A cada comentario más infantil que el anterior. (Hay que destacar que antes mi hermana estaba ante los cajones donde mi abuela tenía colocar el mantel, mi hermana no la dejó y le dijo que ya se encargaría ella. Después dijo que no lo iba a meter y mi abuelo le echó la bronca por decir que lo iba a poner y que no lo pusiese) y así poco a poco, lenta y parsimoniamente la ansiedad y el malestar se intrometen en mi casa, como de un inquilino no deseado se tratase. Haciendo que, día tras día, la cosa se desestabilice un pelín más de lo que ya lo estaba ayer.
Liberarse, liderando la batalla principal: la batalla interna.
¡Ánimo equipo!

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